Creciente
Daniel Brassesco
Libélulas y hadas revoloteaban en el aire del mediodía, entre los camalotes a orillas del canal, unas cazaban mosquitos, las otras pequeños peces y ranas. Las segundas fueron las que miraron con cierta curiosidad la canoa a motor que se acercaba. Juancho llegó al canal, que corría hasta la Boca del Espinillo, paró el motor Villa de su canoa y la detuvo en la orilla con el botador, cerca de la línea de boyas de su red. Empezó a recoger el pesado trasmallo, una dura tarea dentro de una muy dura forma de ganarse la vida. Ya cuando empezaron a emerger los primeros sábalos grandes capturados, Juancho vio los monstruosos mordiscos que les faltaban, sistemáticamente a los más grandes y pesados. La malla de la red estaba despedazada, cortada como ningún pez del río podría. A sus espaldas, detrás de las totoras en un recodo del canal, oyó una risita infantil, mezclada con un chirrido animal.
— Gran puta- —espetó Juancho—. Nereidas de río, venidas del norte.
La creciente del Paraná había traído pescado grande después de una bajante histórica, en medio de la sequía que duró más de tres años. Era una verdadera bendición para los pescadores y sus familias, que apenas subsistieron durante la sequía, vaciando de peces las pocas lagunas aisladas que quedaban y yendo cada vez más lejos para encontrar sábalos, más y más escasos, recibiendo (algunos) una exigua ayuda gubernamental. El problema era que junto con el pescado vinieron otros visitantes que no se veían a menudo en estas latitudes. Si bien (se decía) no eran depredadoras letales como sus primas del mar, las nereidas de río tenían la costumbre de hacer jugarretas así de pesadas y peores a los humanos y otras razas. Además, en gran número, podían ser peligrosas.
Un latido rítmico empezó a surgir a espaldas de Juancho, que se dio vuelta para ver. Música electrónica. Un yate, un trimarán de lujo, doblaba lentamente el recodo del canal. En su cubierta de lustrosas maderas, elfos y humanos bailaban y conversaban con sus bebidas favoritas en la mano. Juancho se olvidó momentáneamente del aprieto en que estaba (pérdida de un día de trabajo y de la herramienta, tal vez algo peor). La sonriente elfa, de largos cabellos color plata, casi irreal en su belleza, probablemente miembro de algún alto linaje, apenas cubierta con unos centímetros cuadrados de bikini, lo saludó, arrojándole un beso y guiñando un ojo con destellos iridiscentes. El guardaespaldas orco en la barandilla de babor lo miró con menos simpatía. No respondió el saludo, de pronto, consciente de su piel quemada por el sol, sus raídas bombachas gauchas arremangadas hasta la rodilla, su camiseta gastada y descolorida, la gorra de algún ignoto equipo de baseball con la visera deshilachada. Aunque sí sonrió: cuando un elfo te sonríe con franqueza, siempre le devuelves la sonrisa, es algo de ellos. Finalmente el yate se alejó, doblando por la Boca del Espinillo hacia el riacho Victoria y el puerto. Cuando Juancho se volvió a seguir recogiendo penosamente el trasmallo destruido, una cabeza, el rostro de una gurisa de unos quince años, cabellos negros rizados, de piel grisácea atravesada por líneas azul verdoso y motas negras en las sienes, lo miraba sonriente con ojos completamente negros desde los restos de la estela del yate. La sonrisa se ensanchó hasta volverse enorme, mostrando grandes y afilados dientes de pez carnívoro, como un dorado o una tarucha. La nereida abrió su monstruosa boca, enorme, aspirando aire con un sonido de fuelle. Soltó el trasmallo, presto a taparse los oídos con las manos, pero no lo logró. Un rugido-chillido-alarido, con mucho de rasgueo de uña rota sobre una pizarra, algo imposible de describir. Juancho cayó al fondo de la canoa, en agonía, el mundo dando vueltas de arriba a abajo con canoa y todo, con ganas de vomitar, con el dolor más desgarrador que hubiese sentido en sus tímpanos. Cayó de espaldas. Golpeó la cabeza contra el borde de la canoa y perdió el sentido. Justo antes de eso, vio entre las vueltas del mundo a la nereida dar un salto, planeando con las aletas bajo sus brazos terminados en garras sobre la canoa, las escamas de su cola brillando al sol del verano, un rictus de deleite en su rostro de niña-pez. No supo cuánto tiempo estuvo inconsciente. Tampoco se enteró de las garras curiosas que tocaron su rostro y revolvieron sus tarros y bidones, el vetusto motor, sus escasas pertenencias. Se incorporó, mareado, con un zumbido salvaje en los oídos y un dolor palpitante en su sien izquierda. Se tocó la parte dolorida. Sangre en sus dedos. Cuando el mundo que veía cobró coherencia, el sol ardía sobre el horizonte y recortadas en el reflejo enceguecedor del agua, las siluetas de media docena de cabezas humanoides que miraban en su dirección, en silencio. Se sumergieron al mismo tiempo. La vida del pescador, llena de penurias, podía ser abruptamente corta, pero Juancho, con apenas veinte años, jamás pensaba en eso. Ahora, la posibilidad del final, solo e indefenso, se le hizo totalmente real. La canoa, impulsada por poderosas colas desde abajo, se alejó rápidamente de la orilla. Trató de arrancar el motor, tirando de la cuerda varias veces sin éxito. Ahora, las nereidas nadaban en círculos alrededor de la canoa, dando enormes saltos en el aire, algunos sobre la cabeza de Juancho. Por algún milagro, el botador, la recia caña tacuara de tres metros rematada en una pieza de madera similar a un remo, seguía a bordo de la canoa, que ahora giraba en medio del canal. Juancho estaba aterrado, pero también furioso por el daño gratuito, sin sentido. Se lanzó sobre el botador. Lo tomó a manera de lanza y esperó a la próxima criatura que saltara cerca de él. Abanicó la pértiga y no pudo golpear a la nereida, que se desvió planeando con sus casi alas. Pero al mismo tiempo otra pasó a su lado, arañando arañó su costado y dejó profundos surcos en sus costillas, de los que inmediatamente manó sangre. Las nereidas reían y chillaban: estaban pasando una gran tarde. No había lugar para dudar; Juancho luchaba por su vida y era un muchacho ágil y fuerte. El segundo intento de defensa con el botador tuvo éxito: la nereida en vuelo recibió un golpe brutal en la cabeza, más por suerte que por precisión. La criatura cayó al agua y se hundió, dejando un rastro sanguinolento. La algarabía de las nereidas se cortó en seco: ya no saltaban y reían, su juguete de pronto no era divertido. Ahora, flotaban en silencio, con rostros inexpresivos asomados a la superficie del agua. Juancho supo. Cuando vio que las nereidas se preparaban para dar su alarido mortal, Juancho, agotado, débil por la pérdida de sangre, pensó en su mujer y sus hijitos, allá en su casita del barrio Quinto Cuartel…
Algo salía de la enorme boca de la nereida más próxima, algo con una pequeña cola de plumas negras. «Qué pájaro es ése-», pensó en su semiinconsciencia., «Un morajú, capaz…». El fuste y la punta de una flecha enorme, negra, salían de la nuca de la nereida. Otra se clavó en la sien derecha de una segunda nereida sorprendida. Algo plano y redondo cayó en el agua cerca de la canoa. La superficie se volvió negra, dura, fría y se resquebrajó en enormes pedazos de hielo oscuro que atrapó a las nereidas restantes en un abrazo mortal. Una que trató de saltar en el momento justo del extraño fenómeno perdió la parte inferior de su cuerpo, su torso quedó convulsionando sobre el hielo, desparramando sangre e intestinos rosados. Juancho se giró a punto de desmayarse para ver de dónde venía toda esa muerte y destrucción inexplicables. Sobre el hielo, caminaba con dificultad una figura oscura, robusta, vestida con una tosca bata, la cabeza cubierta con un pañuelo rojo y negro, llevaba un enorme arco en la mano y un carcaj de flechas en la espalda. En la orilla del gran círculo de hielo oscuro, descansaba un viejo barquito acopiador de pescado.
— Me avisaron las hadas, m'hijo, vine lo más rápido que pude- —le dijo con voz grave y ronca Grulga, la vieja curandera orco, que vivía en las islas desde épocas inmemoriales (para un humano).
Su rostro oscuro y cruzado de cicatrices era feroz, hablaba de una vida de violencia, su boca con con colmillos protuberantes adornados con aros de metal. Sus ojos hablaban de una compasión infinita.
— Vamos, m’hijo, hay que curarlo, está perdiendo sangre.
Se subió a la canoa, acomodó a Juancho lo mejor que pudo y recogió el pedazo de cuero de dragón de hielo, entonando un encanto en orco. El agua volvió suavemente a la normalidad y la curandera empezó a remar hacia el bote. Los cadáveres de las nereidas flotaban. Con el rostro lleno de lágrimas, Juancho se desvaneció, hundiéndose en la oscuridad. El sol ya se ocultaba en el horizonte
El río seguía creciendo.
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