Rescate

 Rescate


Por Daniel Brassesco




El planeta le recordó vagamente a Ganímedes, las holopantallas mostraban una esfera en tres dimensiones color verdiazul con trazas de blanco, iluminada por chispazos de tormentas eléctricas. Las lecturas gravimétricas eran incluso similares, algo mayores a las de la luna de Júpiter, también los análisis geológicos y topográficos preliminares de los escáneres. No así la atmósfera y temperaturas, algo inhóspitas pero dentro de los límites tolerables para la vida humana, con abundante agua en estado líquido, lo que le hizo pensar al piloto de la nave carguera que este lugar debía ser algún largamente abandonado proyecto de terraformación. Treinta horas antes, la computadora de navegación lo despertó de criosueño luego de desacelerar el impulso C. En su continuo escaneo de diversas frecuencias, la IA de abordo halló lo que parecía una señal constante, a todas luces de origen inteligente. La legislación galáctica y los acuerdos interplanetarios establecían que toda señal de auxilio, comprobable o no, debía ser atendida.


Los sistemas de abordo registraban en la bitácora todos los sucesos durante el viaje, así que desatender una llamada de socorro, salvo contingencias comprobables, implicaba responsabilidades civiles y penales. El piloto no podía hacer más que acudir en auxilio de quien fuera que estaba transmitiendo, al menos para llevarle esperanzas de un rescate. Con casi cincuenta años de edad subjetiva y cerca de setenta y cinco de tiempo en el espacio, entre lapsos de criosueño y tiempo de vuelo pilotando cargueros, estaba cerca de su retiro. y planeaba iniciar una nueva vida en alguna de las colonias terraformadas. De hecho, ese sería uno de los últimos dos viajes que le restaban por contrato. Era el típico veterano de los viajes interplanetarios, bien entrenado, metódico; reaccionar por reflejo de conocimiento y experiencia podía ser la diferencia entre la vida y la muerte en el brutal vacío del espacio. En todos esos años, este sería el segundo rescate que realizaría. El primero había sido a una nave científica a la deriva, con serias averías en su reactor de fusión. Aquellos pobres diablos estaban al borde de la inanición, incapaces de hacer funcionar las cápsulas criogénicas. 


La nave se había desviado de su curso 2,348 minutos luz para acercarse a la fuente emisora, este lúgubre mundo de densas nubes y tormentas eléctricas en el que no se detectaban rastros de civilización ni vida alguna, cuya faz llenaba las pantallas de navegación del Hermes. La nave de tripulación, con capacidad de vuelo atmosférico, se desprendió del resto de la plataforma de carga, un monstruo en forma de prisma hexagonal, de casi un millón de toneladas, que reflejaba la luz de la estrella clase F que constituía el sol del sistema planetario. Un pequeño hospital automatizado se preparó para atender posibles emergencias médicas.No podía tratar a muchos pacientes, pero al menos brindaría algunos auxilios y todas las cápsulas de criosueño disponibles (once más la del piloto). Una vez estabilizado el paciente, cualquier herida o patología grave sería atendida al llegar a destino.


El piloto comenzó el descenso. La protección térmica se puso al rojo al penetrar la atmósfera y luego las alas se desplegaron para planear hasta una zona cercana al foco de transmisión, llana y con la menor cantidad de obstáculos posibles. Usando propulsores de empuje vectorial, la nave aterrizó en forma vertical, envuelta en la semipenumbra de un cielo encapotado y sobre un suelo rocoso color pizarra y cian, resquebrajado, con guijarros, lleno de charcas y arroyuelos bajo una lluvia torrencial, con peñascos diseminados por doquier que eran iluminados por los relámpagos. Un análisis del aire realizado por un pequeño dron-sonda arrojó como resultado que no se podían detectar microorganismos en el aire o el agua, ni bacterias, protozoos o esporas de ningún tipo, tampoco fuentes de radiación. Lo único que el dron detectó como singularidad en el deprimente paisaje fue una gran estructura en forma de prisma, hecha de la misma piedra que yacía diseminada por doquier, a poco más de doscientos metros de donde había aterrizado la nave.


Puso pie sobre el planeta, quitó el seguro del rifle de pulsos y encendió las linternas de su traje y rifle. Se movía bajo el aguacero extraterrestre con cautela por el terreno accidentado y con más cuidado aún al volverse éste más pedregoso e irregular al acercarse a la estructura. El dron pasó volando sobre él y se detuvo brevemente sobre el edificio rectangular, de una planta, e informó a través de la tableta que llevaba el piloto, que no se detectaba movimiento, ni fuentes de calor de origen natural o artificial. La señal de radio era un tono monótono, que se repetía sin cesar.


El edificio tenía un perímetro de unos doscientos metros, de piedra erosionada por el viento y la lluvia. Cuando llegó a la pared, un relámpago delineó una abertura rectangular, un parche de sombra que interrumpía la monotonía del muro. Tenso, se acercó a la entrada con el rifle apuntando al frente. La oscuridad era total, con una cualidad casi sólida. Entró, midiendo cada paso. El suelo era de lajas irregulares de la misma piedra que había afuera. Cada tanto había un pilar de base cuadrada, sin ningún ornamento ni inscripción. Una especie de musgo o líquenes cubrían gran parte de estos pilares, en algunos casos llegaban hasta el techo de la estructura pétrea. Finos zarcillos de distintas longitudes colgaban de este musgo, muchos descendían desde las alturas. Tal vez fue un truco de la luz, pero le pareció ver a uno moverse. Movimiento o no, se apartó de la columna más próxima con nerviosismo. La oscuridad y silencio del edificio pesaba sobre el ánimo del piloto, que con la linterna del rifle trataba de penetrar las tinieblas, sin alcanzar ninguna pared.


Había avanzado un par de metros cuando frente a él, la linterna iluminó algo de color verde grisáceo, alto, mucho más alto que él, algo vivo.


La forma imprecisa avanzó hacia él con velocidad felina, golpeó al piloto con un brazo ciclópeo y lo hizo rebotar contra una columna, perdiendo el rifle, rompiéndole un par de costillas y una pierna. Dando grandes saltos en la baja gravedad, el gigantesco humanoide (era eso, cuando el piloto pudo verlo a la luz de las linternas en sus hombros) buscó la entrada al edificio y siguió corriendo hacia la nave. “No, oh no…”-Pensó, respirando dolorosamente, mientras se arrastraba hacia la abertura, hasta que el dolor de cada inspiración no lo dejó seguir y quedó apoyado en una columna. Desde allí pudo ver al ser, iluminado por los relámpagos, entrar a la nave y minutos después despegar, perdiéndose en las nubes del cielo alienígena. Por las roturas del traje, empezaron a colarse los finos zarcillos que colgaban de las columnas, tentando ávidos hasta tocar la piel desnuda del aterrado piloto.


Se levantó del suelo mientras el tejido vegetaloide de los zarcillos reparaba el fémur roto, las costillas y el pulmón perforado, aunque ya no lo necesitaba para respirar. No sentía frío a pesar de estar desnudo, tampoco hambre; periódicamente recibía nutrientes del suelo, que sus nuevos órganos procesaban para convertirlos en alimento. Encontró la vieja consola de comunicaciones, una reliquia centenaria, alimentada por una batería de fusión. Borró el antiquísimo código de emergencia y escribió uno nuevo, que se repetiría en bucle para pedir auxilio ¿Cuánto tardaría en llegar el rescate? No importaba, tenía todo el tiempo del mundo, en todo caso las rutas de navegación estaban en constante expansión, empujadas por la ola terraformadora de planetas.Sólo debía esperar el próximo rescate, para salir a buscar un nuevo mundo donde echar raíces.Lo importante era que las semillas se esparcieran por esos planetas, uniendo a todos los seres bajo la misma inteligencia, el mismo amoroso cuidado que él estaba recibiendo de la floresta que iluminaba el templo con sus capullos en flor. 






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