La cosa del cielorraso


Daniel Brassesco 






  Regurgitó una especie de vejiga semitransparente de un color rosa visceral, que contenía los restos licuados del niño que cazó y devoró la noche anterior en el embarcadero del puerto. Este órgano externo contaba por arriba con una suerte de ventosa adhesiva de la cual salían tres espolones córneos, que temblaban ávidos de aferrarse a algo. El ser colgó este saco de tejido palpitante de una viga del techo y tirando con su larga garra del extremo inferior sacó una especie de intestino delgado rematado en un delgado aguijón negro, húmedo y brillante, que clavó en su blanco y fibroso brazo surcado por venas verdinegras. Luego se ovilló sobre el cielorraso a salvo de la luz del sol que ya asomaba para dormir un largo, largo tiempo…


Con la agilidad que le conferían sus veinte años Taco terminó de subir la escalera de aluminio y se trepó a la centenaria viga de hierro. El vetusto techo de zinc con armazón de madera del viejo edificio donde funcionaban las oficinas municipales de Tránsito y Licencias estaba agujereado  en varios sectores y durante la última tormenta dejaba entrar el agua de lluvia a chorros. Por el contrario, la indestructible estructura que soportaba el techo a dos aguas toda de perfiles de hierro forjado seguía tan intacta como el día en que se le clavó el último remache en caliente. Era un testamento de la pericia y excelencia de los artesanos herreros que la construyeron. 

¡Che González, tené cuidado, andá por las vigas, el cielorraso está re podrido  no lo vayas a pisar porque pasas de largo! le advirtió Quique Novarro, un hombre de mediana edad de cabellos grises y ralos  bajo y robusto, su actual empleador. El veterano herrero de obra estaba encargado de colocar los nuevos perfiles “C” que serían  el asiento de las relucientes chapas de diseño trapezoidal que esperaban en el patio trasero del edificio. Un tragaluz vidriado en el centro del techo sepultado bajo una gruesa capa de mierda de palomas, dejaba pasar un rectángulo de gris claridad hacia las oficinas abajo, vacías en aquellos días. En el rincón suroeste del edificio un gran agujero en la chapa, reliquia de la era del vapor, arrojaba un nítido círculo de dorada luz solar. Aquí y allá, podía ver pequeñas perforaciones en las decrépitas láminas de metal, que dejaban entrar saetas de sol delineadas por la mugre suspendida en el aire agrio y malsano que le hacía picar la nariz en aquella sobrecalentada caverna de cinc oxidado y madera contrachapada. Sólo en un ángulo formado por las paredes de grandes ladrillos, la oscuridad era total. Delgado y fuerte, el joven de cabello oscuro se movía encorvado pero con soltura rasgando telarañas cubiertas de polvo por el reducido espacio entre vigas y puntales, a pesar de tener más de metro ochenta de estatura. Taco se dirigió hacia aquella oquedad más grande en el borde del techo y sacó la cabeza hacia el exterior. La vista de la ciudad colina abajo bajo el primer sol de la tarde era hermosa. El puente Rosario-Victoria sobre parte del horizonte constantemente recorrido por vehículos de todo tipo y las islas, más allá del riacho Victoria. A su derecha las suaves y arboladas ondulaciones del terreno en distintos tonos de verde, cada vez menos salpicadas por construcciones hasta perderse en un horizonte de campos de cultivo; era hipnótico. Por ese agujero pasaría para empezar la tarea de quitar los clavos que sujetaban las antiguas chapas y bajarlas con un sistema de eslingas y aparejos, tarea lenta y riesgosa. 

¡Dale querido! ¿qué estás haciendo? ¡Se nos va la luz y mañana se termina el alquiler de la tijera! le increpó su patrón, sacudiendo la cabeza con impaciencia. ¡Ahí va, ahí va! respondió Taco, sacudido de su ensoñación y trepando ágilmente por el borde de la chapa rota se paró sobre el borde del techo a unos quince metros de altura. Estoy re podrido masculló el muchacho. La paga era exigua, el trabajo pesado y sobre todo peligroso. Aquel techo podría colapsar bajo sus pies en cualquier momento sin advertencia previa. Resoplando con fastidio se dirigió a la primera línea de clavos para sacarlos con su tenaza. La mayoría no ofrecían resistencia ya que literalmente no estaban clavados a nada ya que los clavadores, esas largas tablas de madera estaban podridas, desintegradas por décadas de lluvias y falta de mantenimiento. Cuando Taco pisó tentativamente uno de estos maderos el clavador y la oxidada chapa cedieron bajo su peso y fue la agilidad de sus veinte años la que lo salvó de una caída mortal, ya que se aferró a la siguiente tabla que no se deshizo ante el agarre desesperado del joven, quien quedó colgado del endeble madero y luego se soltó para pisar la ancha viga de hierro estructural debajo de él. —¡González, tené más cuidado querido, dejá de pavear! —llegó el grito desde el patio trasero. —La concha de tu madre —murmuró Taco temblando por la adrenalina mientras se sacaba una larga astilla de madera carcomida del antebrazo. Al aferrarse  para salvar la vida un clavo saliente le había hecho un tajo en la palma de la mano, que goteaba sangre. Novarro ni siquiera le preguntó si estaba bien. Se escuchó sonar un teléfono y conversación indistinta —¡Dale pibe, seguí con los clavos, yo me tengo que ir un rato! —dijo esto y pasó por debajo de Taco sin mirar hacia arriba. 

—Mañana cobro y renuncio —murmuró mientras respiraba agitado el viciado y polvoriento aire. Cuando su respiración y pulso se apaciguaron reparó en algo nuevo apenas iluminado por un nuevo haz de luz creado por su caída, lleno de motas de polvo en el rincón más oscuro donde la lluvia milagrosamente no llegaba y el cielorraso mantenía su integridad aparentemente intacta. Algo que parecía un montón de trapos cubierto de heces de paloma descansaba sobre la vetusta madera contrachapada. Por encima se balanceaba un colgajo de algo más que parecía un trozo de cuero pardo, delgado y traslúcido colgado de una viga. Se envolvió la mano con un pedazo de camiseta (que ya estaba desgarrada por el roce de la caída) y como de todas formas decidió no seguir arriesgando el pellejo en aquella trampa mortal,  se acercó espantando a algunas palomas a ver qué era esa nueva inmundicia dentro de la insalubre cueva formada por techo y cielorraso. 

Estaba aturdido, embotado por el extenso letargo. Algo había golpeado los alrededores de su madriguera y las vibraciones lo despertaron. Estaba ciego, sordo y débil por la falta de alimento. ¿Cuánto había dormido? ¡Qué hambriento estaba, al borde de la muerte que seguramente le habría llegado si no lo hubiese despertado esa conmoción! Su corazón,  que apenas se movía, comenzó un débil espasmo rítmico cuando su cuerpo empezó a reaccionar a los acompasados golpes de pasos sobre las vigas de metal. Se moría. Necesitaba alimentarse, necesitaba un nuevo escondrijo para nutrir su sangre; el hambre se sobreponía al instinto de permanecer oculto. Aquello que se acercaba era demasiado ruidoso y pesado para ser una rata u otra criatura de vida furtiva como la suya ¡definitivamente era un humano! Iba a ser su presa, tal vez su cazador, pero no tenía opción. Algo húmedo y tibio salpicó su reseca pero aún sensitiva piel ¿Sangre?¡Sí, sangre! Ahora la necesidad se transformó en desesperación y locura. Reunió hasta el último ápice de energía que quedaba en su marchito cuerpo y se aprestó a dar el golpe mortal. Se merecía una buena comida.

Tratando de aguzar la vista para distinguir qué era aquella cosa cubierta de mugre y telarañas, Taco se paró a escasos centímetros de ella, sin atreverse a tocarla y se agachó para distinguir algún detalle. Con su mano sana se agarraba de un puntal de hierro mientras la otra volvía a gotear sangre sobre aquel raro túmulo ¡¿Qué carajos era eso?!¿el cadáver de un animal?¿Qué animal sería de todos modos? Definitivamente tenía cuatro patas (¿patas, garras, manos?) y una rara cabeza que parecía casi humana. Por lo demás era un esqueleto cubierto por un pellejo reseco. ¡Y cómo apestaba! Era un olor nauseabundo, mezcla de descomposición y orín, agrio y dulzón. Pero más que náuseas lo que le produjo esa peste a Taco fue un súbito terror, un terror profundo que tomó control de su cuerpo, como si alguna arcaica memoria celular le advirtiera de un peligro letal: ¡lucha o huye!. Sus glándulas suprarrenales liberaron en forma explosiva adrenalina y cortisol por segunda vez en el día. O tal vez no fue tanto el hedor lo que disparó esta respuesta física como la fugaz impresión, seguro producto de su imaginación pensó, de que el pecho y el abdomen de esa cosa muerta que de cerca parecía vagamente humana se estaban hinchando como si estuviese volviendo a respirar. Asqueado y aterrado el muchacho retrocedió sin ver que ponía su pie en el cielorraso podrido por la humedad y se hundía arrastrando al resto de su cuerpo hacia abajo, a una desierta oficina. En ese mismo instante, en un solo movimiento que fue un borrón por lo veloz la cosa del cielorraso volvió a la vida luego de casi un siglo incorporándose a medias debido a lo bajo del techo ante los desorbitados ojos de Taco, toda garras y una boca imposiblemente enorme festoneada por colmillos largos como cuchillas, emitiendo una especie de mugido asmático. Mientras caía, soltó un alarido de absoluto horror no por la caída en sí, sino porque esa pesadilla mezcla de cadáver desecado y simio del infierno se lanzó tras él en forma instantánea como un horrible, horrible monigote movido por resortes todo garras y fauces. Un armario de acero detuvo la caída de Taco. El brutal golpe a su espalda lo dejó sin aire mientras el ser aterrizaba sobre él clavando sus garras en ambos hombros del muchacho. Los innumerables colmillos filosos como agujas se clavaron en el cuello, pecho, abdomen de Taco mientras una lengua larga como una anguila reseca y casi lasciva recogía la sangre que manaba de las múltiples y (por el momento) superficiales heridas. Taco se revolvió ciego, sordo y mudo de pánico, horror e incredulidad para caer junto con su atacante sobre el suelo de madera recibiendo otro tremendo golpe en su costado derecho. Aquello tenía que ser un sueño febril, seguro estaba sobre el piso de madera abajo, roto y comatoso y todo aquello era una alucinación de la que iba a despertar en cualquier momento (o no despertaría en absoluto), una muy real con miedo, dolor y sangre de increíble vividez. La caída los separó: la víctima se arrastró reptando en forma lastimosa hasta quedar apoyada de espaldas contra un escritorio y el victimario se incorporó en una postura casi humana. La esquelética figura dejaba ver una piel de un blanco lechoso donde estaba libre de la mugre y telarañas acumuladas por los años. Unos ojitos completamente blancos sin cejas ni pestañas en una calva cabeza ovalada sin orejas. Las aletas de la diminuta nariz se dilataban ante el olor de la sangre. La boca se abría exhalando un hálito pútrido, una puerta al infierno erizada de dagas cada vez más grande como para engullir a su indefensa presa completa. La larga y ahora brillante lengua roja serpenteaba por la excitación. Las delgadas piernas rematadas en garras de ave rapaz temblaban por el esfuerzo pero impulsaban a la bestia aún débil inexorablemente hacia su festín…

¡BUM! La ventana de dos hojas se abrió de par en par, dejando entrar la luz solar de la tarde a raudales. Un alarido tan agudo que podría haber destrozado tímpanos salió de la boca descomunal. La piel del engendro se transformó en racimos de ampollas enormes que pasaron del blanco al pardo y luego empezaron a estallar mientras alzaba sus garras al cielo y no paraba de dar esos desgarradores aullidos y graznidos. De las ampollas reventadas del convulsionado cuerpo brotaba un líquido negro cuya hediondez superaba todo lo asqueroso que Taco había olido en su vida y esta sustancia comenzó a humear ante la hipnotizada mirada del muchacho. Finalmente, el ser sin dejar de aullar estalló en llamas anaranjadas que soltaban un grasiento humo negro. Cayó al suelo retorciéndose en agonía y finalmente dejó de moverse; ardió como papel hasta que sólo quedaron cenizas oleosas en el chamuscado suelo de tablas.

Del otro lado de la ventana, con el rostro pálido y desencajado por lo que acababa de ver cuando abrió el ventanal y peligrosamente cerca de un súbito pico de presión arterial, Quique Novarro que no daba crédito a sus ojos musitó como en un sueño al malherido Taco: —vos sí que tenés más culo que cabeza González…


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